Las manchas de Kool Aid no salen ni cascándoles. Fue lo que
pude aprender cuando bordeaba los 14 años y visitaba a mi hermana en un país
del norte de este continente que cada
segundo que pasa produce muertos, risas, odios, terroristas, películas
asquerosas, películas malas, películas buenas, series de TV muy buenas, series
de TV que apestan, presidentes con porte de presidente, dobles de sus
presidentes que mandan a cumbres de quincuagésima séptima categoría (siempre me
han divertido los números escritos), gaseosas con exceso azúcar, cadenas de
pizza grasienta, cadenas de hamburguesas
momia (porque pueden estar un año viéndose exactamente igual) superhéroes,
macs, ipods, ipads y demás mugre que Apple nos acostumbró a comprar a precios
de oro y en fin ya deben saber de que estoy hablando pero sobretodo ese país
produce un refresco con una anilina nuclear al que llaman Kool Aid.
Mi historia en común con ese refresco que tiene como mascota
a un Jarra-Man, que si mal no recuerdo fue copiado de manera nada disimulada por
una empresa criolla, servirá para dejar de unas vez por todas claro el nombre
de este Blog así que atención, Extra!, Noticia de última hora!, Exclusivo!!!
Desde que tengo uso de razón siempre me he distinguido por mi asombrosa
capacidad de regar las cosas, sobretodo cuando se trata de líquidos azucarados
y entintados si les cabe la palabra y no me cobran derechos de autor los
millones de restaurantes peruanos con precios estratosféricos que ahora bullen
en Bogotá.
Uno de los primeros recuerdos de mi infancia es de aquella
época en la que no existían en Colombia ni Dóminos, ni Papa Jhon´s, ni ninguna
de esas pizzerías gringas que cobran un miserable pedazo de masa, queso y
peperonni como si uno se la estuviera comiendo en la Via Venetto de Roma. Sí
había pequeñas pizzerías de barrio y había una en especial que solíamos
frecuentar con mis papás y mi hermana donde yo siempre regaba esa anhilinica
(creo que esa palabra no existe pero ilustra como ninguna) Kola Román encima de
mi linda familia. Y digo linda solo por lambón porqué cada vez que mi mamá y mi
hermana se acuerdan de todas las faldas y pantalones que les manché con esa
rojiza gaseosa costeña parece que les dan ganas de cobrármelas veintitantos
años después.
Ese fue solo el inicio de mi lista de regueros atómicos que
comprende una variopinta colección de gaseosas, sopas, salsas, jugos de todas
las frutas que manchan, las que no manchaban nunca se me regaban (maldita ley
de Murphy) y un almuerzo entero que le eché encima en la cafetería del colegio
a un amigo que aún conservo y que nunca entendí como pudo perdóname, no tanto
por el ridículo sino por el vaciadón que le pegaron en su casa por el “picasso”
que le pinté en uniforme, resistente a todos los detergentes y quitamanchas de aquellos años.
Continúa en: Mamá Sergio regó (Parte 2.0)

Querido y adorado hermano de mi alma, después de tantos años de refunfuñar por tus regueros, tratar de evitarlos y aguantar la cara de ogro de mi papá en los malditos restaurantes de mesas con ranuras (creo que conspiraban contra ti por qué casi siempre nos ponían en una de esas para que el líquido nos cayera en las piernas) he llegado a corroborar el dicho que dice: no escupas para arriba porque encima te cae (creo que así dice, jajaja). Lo digo porque ahora en mi vida no hay uno sino dos hombres que riegan sus bebidas con cierta regularidad y cuando lo hacen no me molesto porque me acuerdan de ti y además ya estoy resignada porque se que si tenemos hijos harán lo mismo, ayy noooooo!! a llevar toallitas de papel en la cartera jejejeje. Mami porque no hacías eso??? Sobra decirte mi adorado Sherrix que me encanta que finalmente hayas creado tu blog, que escribes maravillosamente maravilloso y que me hiciste llorar... de la risa. TE ADORO!
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